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  • Vik Perez

OPINIÓN | Dr. Víctor Pérez: "Alicia en el reino de los privilegiados"


Los peruanos de todas las sangres tienen el deber de reconciliarse para sanar heridas pendientes que aún duelen



“Cuando me dicen que el Perú es un país de mierda, yo digo que no lo es. Este es un país de mierdas”, subrayaba el cineasta peruano Armando Robles Godoy.

Perú, apreciados lectores, es el reino de la indiferencia con los pobres y paraíso de los privilegiados.

En plena segunda ola de la pandemia, el que no tiene suficiente dinero para pagar por su salud o “palancas” para agenciarse una vacuna de manera soterrada se muere o lo dejan morir. Basta ya de este patrón histórico y perverso de abuso e indiferencia.

Mientras la mayoría de compatriotas enfrenta una guerra desigual contra la COVID-19 desprotegidos ahogándose por falta de oxígeno, una casta de privilegiados validos de su poder e influencias se vacunan debajo de la mesa. Desvelando su cobardía y miseria moral no reconocen la traición asestada. No es un delito vociferan.

Por si fuera poco, en plena guerra tenemos a una oprobiosa muchedumbre de candidatos presidenciales y congresales antipatriotas. Todos priorizan su elección, campañas y ofertas electorales de ocasión exponiendo la salud de sus propios electores.

Son los aliados del virus en la guerra que libra el Perú ¿Votarían Uds. por un candidato que antepone su interés personal al de un pueblo en guerra? Ninguno merece el apoyo del pueblo peruano.

La decepción, desconfianza y resentimiento de los peruanos hace doscientos años está justificada. Las castas de privilegiados con derecho a todo y a quienes la justicia no alcanza, ha hecho polvo al Perú ¡No tenemos país!

Nuestra historia registra grandes traiciones presidenciales que han abatido al Perú en la miseria moral y económica. Desde los ochenta mil kilómetros que José Rufino Echenique infundadamente regalo al Brasil, la fuga de Mariano Ignacio Prado en plena guerra con Chile hasta la tregua que Nicolas de Piérola le concedió al General Manuel Baquedano evitando así un certero ataque del coronel Andrés Avelino Cáceres a las huestes chilenas, que hubiera cambiado el desenlace del conflicto bélico a favor del Perú.

La traición de Martin Vizcarra y quienes lo secundaron duele tanto o más porque penetra las entrañas más susceptibles de la condición humana, las de la solidaridad para con los soldados peruanos de todas las edades en su dispareja lucha contra dos enemigos: uno invisible y el otro, un seudo estado visiblemente insensible y torpe.

“Prefiero sufrir una injusticia a causarla” decía Sócrates “porque si la causo me transformaré en una persona injusta”. La indignación expresada por Francisco Sagasti no nos sirve. No solo es cuestión de enojarse, consultar psicólogos, investigar y sancionar ejemplarmente.

Es imprescindible y apremiante el inicio de una profunda reconstrucción del sentido de identidad en la sociedad peruana en todos sus estratos, no la hay en el Perú.

Es momento para los peruanos de todas las sangres, de juntarse y sanar las heridas pendientes que las hay, por el bien del Perú.








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